Ovidio convertido en Mariposa

Un Ovidio convertido todo él en alegoría:

«En Tomi, a orillas del Mar Negro, una noche del 16 de enero del año 18 después de Cristo, una noche gélida y tempestuosa, Publio
Ovidio Nason, poeta y cortesano, soñó que se había convertido en un poeta amado por el emperador y como tal, por milagro de los dioses, se había transformada en una inmensa mariposa.

Era una enorme mariposa, tan grande como un hombre, de majestuosas alas azules y amarillas. Y sus ojos, unos desmesurados ojos esféricos de mariposa, abarcaban todo el horizonte. (…)

Cuando llegaron a las puertas de Roma, Ovidio se levanto de los
almohadones con gran esfuerzo, ayudándose con sus patas puntiagudas, rodeo su cabeza con una corona de laurel.

La multitud estaba extasiada y muchos se postraban porque creían que era una divinidad de Asia. Entonces Ovidio quiso advertirles que era Ovidio, y empezó a hablar Pero de su boca salio un extraño zumbido, un zumbido agudísimo e insoportable que obligo a la multitud a taparse los oídos con las manos. ¿No oís mi canto?, gritaba Ovidio, éste es el canto del poeta
Ovidio, aquel que os enseño el arte de amar, que hablo de cortesanas y de cosméticos, de milagros y de metamorfosis! (…)
El emperador lo esperaba sentado en su trono y bebía una jarra de vino. Escuchemos que has compuesto para mi, dijo el Cesar.

Ovidio había compuesto un breve poema de ágiles versos afectados y placenteros para que alegraran al Cesar. Pero ?como decirlos, pensó, si su voz era tan solo el zumbido de un insecto? Y entonces pensó en comunicar sus versos al Cesar mediante gestos y empezó a agitar suavemente sus majestuosas alas coloreadas en una danza maravillosa y exótica.

Las cortinas del palacio se agitaron, un molesto viento barrio las habitaciones y el Cesar, con irritación, estrello la jarra contra el suelo. El Cesar era un hombre rudo, al que le gustaba la frugalidad y la virilidad. No podía soportar que aquel insecto indecente ejecutara delante de el aquella danza afeminada. Llamo con unas palmadas a los pretorianos y estos acudieron. Soldados, dijo el Cesar, cortadle las alas.

Los pretorianos desenvainaron la espada y con pericia, como si podaran un árbol, cortaron las alas de Ovidio. Las alas cayeron al suelo como si fueran suaves plumas y Ovidio comprendió que su vida finalizaba en aquel momento. Movido por una fuerza que sentía era su destino, tomo impulso y balanceándose sobre sus atroces patas salio de nuevo a la balconada del palacio.

A sus pies había una multitud enfurecida que reclamaba sus restos, una multitud ávida que lo aguardaba con las manos furiosas.

Y entonces Ovidio, tambaleándose, bajo la escalera de palacio.»

(Del novelista Antonio Tabucchi (1943), uno de los maestros de la literatura italiana actual, «Sueno de Publio Ovidio Nason, poeta y cortesano» en “Sueños de sueños seguido de Los tres últimos días de Fernando Pessoa”, trad. de Carlos Gumpert Melgosa y Xavier González Rovira, Barcelona, Anagrama 1996)

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