Tolstoi, Androides y Telescopios

border= Anécdota compartida por Pedro Calvillo Serrano, de Ricardo Rubin:

Ana Karenina, la heroína de la obra de León Tolstoi, murió en una estación de ferrocarril. El mismo autor murió también en una estación de ferrocarril.

Lynnsinhil es una estupenda escritora a quién admiro mucho y nos obsequia:

una narración de los últimos días felices de León Tolstoi:

EL TELESCOPIO VACIO. LEON TOLSTOI

Hacía un calor tan imperioso que no se podía encerrar afuera. Las axilas flojeaban con unos manantiales ininterrumpidos, y el señor Tolstoi odiaba con una ferviente convicción sus barbas blancas y ralas, que tapiaban su piel a la brisa y la dejaban ahí, engullendo su propio sudor.Aún así, el señor Tolstoi se negó a rasurar. Afeitarse la barba habría sido el primer atentado ecológico, una tala abominable que sus admiradores y su propia mujer habrían catalogado de afán especulativo por parte de algún alcalde.
Así que León siguió meditabundo extendido como una toalla bajo la sombra de un par de pinos. Don Tolstoi no hacía nada, al menos nada visible, porque por dentro (en su mente) se oían los golpes y el martilleo de una gran obra en construcción.
Pero el escritor estaba triste:-Ya he escrito “Ana Karenina“, “Guerra y Paz“. Soy un buen escritor, me reconocen. Mi mujer me ama, y yo a ella. Tengo hijos, muchos, todos sanos, me adoran y les adoro.
Las manos se fueron a la barba para mesarla. La exorbitante barba se descompuso de placer ante las caricias del amo.-¿Y ahora qué?Tolstoi escudriñó el horizonte. Los ojos se tensaron, se arrugaron, y la mirada telescópica asomó por las rendijas de la córnea:-No hay nada en el horizonte. Todos mis objetivos cumplidos. Me temo que, se supone, debo de ser feliz…
El escritor se levantó. (En ese momento hubiera estado bien inmortalizarle en una estatua, con esa mirada más tolstoica que nunca, enmarañada en esos pensamientos que cortejaban su razón)Esa misma noche Don Tolstoi, el escritor octogenario, preparó su fuga. La barba rala comenzó a agitarse con la emoción de un veintañero.
Los malditos objetivos cumplidos le hacían daño al corazón, y él necesitaba de nuevo el anonimato y el todo por demostrar.
Lo encontraron a un par de kilómetros más allá de su finca:-Don Tolstoi, ¿Qué pide usted para su próxima vida?
Tras la respuesta del León balbuciente:-Sí, le prometemos que hasta los cien años tendrá usted objetivos, muchos sin cumplir, y hasta entonces, usted no será completamente feliz
Autor: Lynnsinhil

Lynnsinhil en su última entrada también nos regala ésta portada y un cuento:

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El día en que Hemingway entendió lo que era la vida gracias a un androide

Todos los móviles empezaron a brincar como ranas. Dios mío, ¿tanta gente había echado de menos, en esas milésimas de la vida, a aquel fragmento de humanidad sumergida?

Las manos empezaron a desenvainar móviles; todos ellos con sus pantallas atragantadas de letras… Tenían ansiedad por contar… y algunos daban sus pataditas de niño en gestación dentro de los bolsillos de sus padres…

Don Hemingway no era menos. El suyo era un sanote modelo puntero y, en su pantalla, una minúscula Torre Eiffel frotaba su esqueleto naranja con un cielo enfermizo y a punto de desplomarse en una lluvia.

Ernest se regocijó con la contemplación de la muchacha parisiense. Ahí mismo, una locuela de vestido naranja despatarrada sobre la superficie de la Cité.

Cuando el vagón de metro se encajonó en la siguiente parada, don Hemingway se acarició la plazuela de sus mejillas. Estaban tan rasuradas, tan llanas y sin atisbo de vello desmadejándose sobre su barbilla… que no quedaba más remedio que catalogarlas de plazas; dos plazas de toros soleadas.

Ya sé que este tipo era una barba de pescador en una constante fiesta parisiense… Pero tampoco empleaba un móvil… Y mucho menos último modelo… Pero no importaba porque Ernest se había citado con don Philip K. Dick para debatir sobre la esperanza de vida de los androides.

Cuando se arrellanó en la butaca del café, K. Dick ya iba por su sexto té verde.

-¿Cómo hago para desenlazar la historia? ¿Qué se te ocurre? Estoy seco…

-El toreo es la respuesta para todo. Es un arte que sólo los ignorantes tachan de barbaridad -dijo Hemingway madurando una extraña respuesta.

-¿Y qué tendrá que ver?

-Bueno…, piénsalo bien. En realidad, los toros son como esos androides…

-¿Como esos androides?

-Son felices, pero ignoran cuándo van a morir. Tus androides son mortales y eso les atormenta: la muerte. Es obvio… Quieren saber cuándo morirán.

-Los seres humanos prefieren ignorarlo.

-Oh, querido K. Dick, ya he entendido tu libro -replicó omnubilado-. Creo que puedo volverme a mi siglo y mis corresponsalías. Y juro que en mi próxima vida no me suicidaré. Mi fecha de caducidad la decidirá el destino y no mis miedos.
Autor: Lynnsinhil
Blog que aparece en mis recomendados:
La Edad Kafkiana de Lynn

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2 comentarios

  1. Gracias por lo de estupenda. Y ya sabes, encantada de que me referencies.

    Saludos

    La autodenominada “Lynnsinhill”

  2. -ver anécdota “detrás de un gran hombre…” abajo.

    Amiga Lynnsinhill!! Pues eres estupenda!! honor a quien honor merece, no pude resistir el querer compartirte aquí en grupo. Me enteré que por ahí tomaron tu escrito del Telescopio de Tolstoi (que me encanta) sin referenciarte y que ni aun cuando hiciste acto de presencia modificaron nada. Espero que sea tu super amiga. Besos!!

    Anecdota de Tolstoi compartida por ´La Bibliotecaria´ que me encantó y luego subo:

    León Tolstói, siempre tuvo en su esposa a una gran colaboradora. En cierta ocasión, le dijo:

    -Escríbeme en un cuaderno todo lo que te dije cuando te pedí que fueses mi esposa. ¿De acuerdo?

    -¡Por supuesto!-, respondió ella. Y se puso de inmediato a la tarea.

    Según dicen los críticos, todo cuanto escribió la señora de Tolstói lo utilizó el célebre escritor, palabra por palabra, en la declaración de amor que se encuentra en su famosa obra Ana Karenina.

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